A diferencia de los animales o los árboles, los científicos no pueden simplemente contar fechas o anillos de crecimiento para estimar la longevidad de los hongos. En un artículo publicado en Cell Press un grupo de expertos ha analizado por qué la edad de las especies que pertenecen a este reino sigue siendo una enigma.
Un nuevo marco teórico plantea que la reproducción y la longevidad no son fuerzas opuestas, sino acopladas por la evolución. El declive ovárico se propone como un nuevo sello distintivo del envejecimiento específico del sexo y la menopausia como un fallo en la coordinación del sistema.
Un estudio con codornices japonesas muestra que aumentar la inversión de energía en reproducción, en este caso mediante la producción de huevos más grandes, acelera el envejecimiento y reduce la longevidad en torno a un 20 %. Los resultados respaldan la idea de que existe un coste biológico entre reproducción y reparación del organismo, que podría intensificarse en condiciones ambientales adversas.
Tras separar las muertes por causas externas, un análisis de cohortes de gemelos sugiere que los factores hereditarios tienen un peso mucho mayor del que se estimaba en la duración de la vida humana.
Con el apoyo financiero de algunas grandes fortunas, la ciencia de la longevidad está haciendo grandes avances para estirar nuestra esperanza de vida. Sin embargo, vivir un siglo o más no servirá de mucho si la cabeza no nos funciona.
Un estudio internacional con más de mil especies de mamíferos y aves revela que la diferencia en la esperanza de vida entre sexos está marcada por la selección sexual, el cuidado parental y la genética.
No todas las aves de este género viven de la misma forma. Algunas vuelan centenares de kilómetros y otras deciden residir siempre en el mismo lugar. No obstante, esa decisión es muy relevante porque la migración estacional podría ayudarles a tener una senectud más lenta y duradera.
Un estudio con datos de más de 78.000 varones, a lo largo de 50 años, ha encontrado que los hombres con un mayor número de espermatozoides móviles viven, de media, casi tres años más que aquellos con una calidad seminal más baja. Los autores sugieren que la fertilidad masculina podría estar vinculada a la salud general y la longevidad.
Desde hace años, muchas investigaciones han analizado la compleja relación entre lo que comemos y nuestra capacidad de vivir cada vez más. Un estudio en ratones publicado en Nature indica que los genes pueden tener un papel más importante en la longevidad que el ayuno y la restricción calórica.
Un nuevo estudio matemático liderado por investigadores españoles confirma que la esperanza de vida ha aumentado en las últimas décadas en todo el mundo. Si bien cada vez hay menos diferencia entre ellas y ellos, los autores creen que esta discrepancia se mantendrá.