Mientras damos palmas o bailamos en la discoteca, llevamos a cabo un proceso biológico bastante preciso que se consideraba exclusivo de los seres humanos. Una investigación de más de veinte años revela cómo ha evolucionado la percepción del ritmo.
Escuchar música heavy metal en festivales, como el Wacken Open Air en Alemania, podría aumentar la tolerancia al dolor del público, según un nueva investigación. Los participantes no percibieron un menor malestar, pero fueron capaces de soportar sus efectos durante más tiempo.
Un análisis de las letras de más de 20 000 canciones del top 100 de Billboard entre 1973 y 2023 muestra un aumento de términos relacionados con el estrés, aunque las crisis sociales puntuales impulsan tendencias de ‘escapismo’ con temas más complejos y positivos.
Un estudio muestra que los macacos, si son entrenados con metrónomo, pueden seguir el ritmo de la música. El hallazgo contradice la antigua hipótesis de que solo los animales con aprendizaje vocal podían moverse según un compás musical.
Un estudio revela que los ojos parpadean al compás de la música de forma involuntaria, aunque solo si se escucha de forma atenta, sin distracciones. Esto ocurre incluso en personas sin formación musical. Se trataría de una propiedad universal del cerebro humano.
Un equipo de investigadores de la Universidad Southwest, en China, ha descubierto que la música puede convertirse en un aliado contra el mareo en los viajes.
Esta condición provoca que las personas no sientan placer al escuchar música. Un nuevo estudio explora su origen en una desconexión cerebral para entender mejor cómo el cerebro procesa los estímulos positivos.
La música también puede crecer de la mano de la tecnología. Con los ordenadores cuánticos, artistas e ingenieros se unen para explorar todas las posibilidades que ofrecen estos dispositivos en desarrollo.
Ronan es el nombre del único mamífero no humano que ha demostrado tener un ritmo preciso gracias a su entrenamiento para distinguir el compás de la música. El hallazgo de esta investigación, publicada en Nature, desafía la comprensión que se tenía sobre la biomusicalidad en animales.
Gracias a la sincronización de la 'amígdala extendida' del cerebro, este tipo de música produce un efecto antidepresivo. Esta es la conclusión principal de un estudio realizado en pacientes con depresión resistente al tratamiento, mediante mediciones de ondas cerebrales y técnicas de imagen neuronal.